
Happiness is a warm gun (alcance de nombres)
Desde que estoy en Buenos Aires no he escrito mucho. Probablemente me dedico más a pensar que a pensar y escribirlo en ese mismo instante. Lo cierto es que he tenido miles de cosas que escribir. Las pienso y las pienso y puedo decir que este no solo ha sido un viaje a otro país, sino un viaje hacia adentro. Hoy queda comprobado que me cuesta salir a la calle. Comprobado que si alguien pasa corriendo por mi lado, es posible que yo tenga un ataque de pánico. Comprobado que me aterrorizan las personas. Comprobado que nunca más voy a ser la misma, porque no existe una cura milagrosa, yo lo sé. Llevo años en el optimismo de cambiar de vuelta, olvidar y qué sé yo.
Me tocó crecer o “madurar” de golpe. Junto a alguien que ya le había pasado todo menos yo. Esa es otra historia, naturalmente, pero es importante decir que me lo advirtió; Caminar con una cámara en la mano es peligroso, hay gente mala entre los buenos. Es una selva esta civilización, es una selva. Así es que me regaló un mini bolso para andarla trayendo. Mi cámara análoga zenit, con la que sacaba fotos de todo y luego al revelarlas, descubría que la cámara captaba los mismos colores que yo. Con esa cámara tuve cortes de pelos, murallas verde manzana, sensaciones por otra gente, una mejor amiga, bufandas blancas de lana y amigos en el sillón. Mis clases de fotografía habían abierto una ventana tremenda en mí y mi cámara era el camino certero entre una lista interminable de cosas que me gustaba hacer.
Todavía estudiaba periodismo y el mini bolso con la cámara adentro significaba todo lo que en mi carrera no me dejaban hacer. Cada vez que pedían algún tipo de trabajo libre, yo lograba convencer a quien fuera de hacerlo en video o fotografía. Así es como terminé caminando con una cámara en mis manos. De noche, entrevistando sin ninguna mala sensación. Cualquiera diría que antes de pasar por un momento traumático, el cerebro nos advertiría con esa sensación de mal presentimiento. Yo apostaría que somos una especie tan extraordinaria que nuestro cuerpo de alguna manera nos diría que estamos a punto de pasar por el episodio que va a marcar un antes y un después en nuestra existencia. Pero no fue así y lo único que recuerdo es querer ir a dejar la cámara para luego comprar un disquete (el pendrive todavía no era popular) Nada más que eso. Nada más que ir a otro lugar por 5 minutos. Podría haber sido una terrible sensación. Un dolor de guata, una premonición. Pero no, solo fue un segundo en el que decidimos ir directo a comprar el puto disquete. Fue tan simple como tomar una decisión; tomo el ascensor o subo por la escalera, pago en efectivo o redcompra, me abrigo más o salgo así nomás. Así de simple y así de corto fue, antes de encontrarme frente a una pistola, rezando y tiritando para que nada malo pasara.
Como dije antes, tenía que comprar el puto disquete para terminar mi trabajo de puto periodismo – carrera que ni siquiera terminé, por agregar un poco más de sinsentido a esta historia – Para llegar al cibercafé en donde era probable que lo vendieran, había que caminar por una especie de plaza entre las torres de Carlos Antúnez. Estaba oscuro, era invierno y yo caminaba segura como siempre con mi mini bolsito. Quien me acompañaba en ese entonces tenía la cámara de video en sus manos, quien me acompañaba en ese entonces me convenció de no subir a dejar la cámara (como dije, fue una cosa de segundos). Se escucha una voz detrás de nosotros que pide una moneda y en este punto debo explicar que yo era la clase de persona que siempre regala una moneda. La que desayunaba con la señora limosnera del metro salvador. La que lloraba con el borracho afuera del consultorio y oraba con él por un futuro mejor. Yo era la que se abrazaba con el vagabundo afuera de la disco en Valparaíso y escuchaba la historia de cómo llevaba siempre en el cuello la cuchara de la hija que había perdido por no poder dejar de tomar. Yo fui siempre la que dijo que quién pedía era porque no tenía y quien daba siempre iba a tener. Estaba convencida de que las personas perdían la inocencia y las ganas de salvar al mundo porque habían perdido la fe en que realmente se pudiera salvar. Y en este punto DEBO decir que yo aún no pierdo la fe y esta historia es la piedra en mi camino que me enseñó que mi destino y bueno, el resto es canción…
Escuchamos que alguien pide una moneda y quien me acompañaba nunca regalaba monedas. Debo haber sentido que algo malo estaba pasando cuando se dio vuelta y efectivamente le regaló una moneda a quien la estaba pidiendo. Luego de eso alcanzamos a dar dos pasos antes de que el hombre pidiera otra moneda y que nuevamente quien me acompañaba le diera otra moneda. Ahora ya lo sabía. Algo realmente malo estaba pasando y ya era imposible pararlo. Nos dimos vuelta y ahí estaba este hombre sujetando una pistola, amenazando con matarme si no le entregábamos la cámara. Soy enana, soy mínima, no puedo hacer nada para que no me mate. Si en la selva hay una jerarquía, yo soy lo más bajo en este orden y no puedo hacer nada para que no dispare. Que no me mate, que no me mate, que se acabe, que se vaya. “Saben lo que es una pistola conchetumare” “si te moví, la mato conchetumare” “si gritay la mato conchatumare” “pasa la cámara o la mato conchetumare”. Y así fue. Quien me acompañaba comenzó a entregar la cámara de a poco. Pasó una patrulla de policía, pero no se percataron de lo que estaba pasando. El hombre se empezó a poner nervioso y empezó a exigir más. La plata, el celular y yo con mi mini bolsito cruzado. Preguntaba si teníamos algo más y a quien me acompañaba le quitó todo. Faltó poco para que pidiera hasta su ropa, pero el mini bolsito, con plata y celular adentro, pasó desapercibido. Quiso que lo acompañáramos al callejón en donde estaba realmente oscuro, pero mi acompañante le dijo: “ella es el amor de mi vida, no te podemos acompañar porque ella es todo lo que tengo, por favor déjanos ir”.
(El amor es algo tan extraño. Yo no era el amor de su vida. Pensábamos que sí, pero no fue. Lo que vino después de años fue una relación fracasada en donde yo sabía que no era el amor de mi vida y él sabía que yo no era el amor de su vida, pero la cosa no podía terminar a menos de que fuera con una explosión de pelea en donde alguien tuviera el coraje de mandar a la mierda al otro antes de que nos fuéramos los dos a la mierda. Y eso terminó pasando)
En ese momento las cosas cambiaron un poco, el hombre nos dijo que camináramos tranquilos por el callejón hacia adentro. Que no corriéramos y que no gritáramos “o la mato conchetumare”. Nosotros hicimos caso por algunos pasos más. Hasta que siento un agarrón en mi mano y me veo corriendo por el callejón hasta el otro lado. Lo que viene después es llanto descontrolado dentro de una panadería. Un par de policías, una comisaría y el resto de la noche pidiéndole a Dios que ese hombre cambiara y nunca más le hiciera a nadie lo mismo.
Es mi antes y después. El momento en que paso de ser una persona enamorada del mundo a una persona aterrorizada del mundo. Es el momento en que pierdo la capacidad de vivir sin pensar en nada más. La mente en blanco y los paseos caminando son parte del pasado. Es un castigo no perder la esperanza. Es un castigo creer en el amor y mantenerme optimista frente al mundo. Parece broma que todavía crea en los cuentos de hadas, en el corazón y en la verdad. El mini bolsito lo debo haber regalado. La cámara zenit está llena de polvo en una repisa en mi pieza y las cintas que estaban junto a la cámara cuando me la robaron, me servirían ahora para completar mi tesis.
Me robaron la confianza en el mundo. Ya no sé cómo vivir sin miedo o por último diferenciar entre una persona u otra. La gente de a montones me asusta y el mundo viene de a montones. Esto no se cura, se supera, pero han pasado años y todavía no lo hago. Lo que tengo es un rencor tremendo, contra la persona que me hizo daño, una idea vaga de lo que era antes mi vida, unas ganas tremendas de que no me importe o de saber cómo lo hacen los que viven sin más. Quiero ser como todos y poder tomar el metro, conseguir una pega lejos y tener algo más que contar. En vez de eso vivo en un mundo pequeño y el que entra es porque lo dejé entrar.